jueves, 16 de mayo de 2013

María, madre mía: conocerte mas quiero cada día.



María, madre mía: conocerte mas quiero cada día.


Hace semanas he pedido a Jesus una Gracia: conocer más a su Madre.

El fin de semana pasado, José, mi esposo y  mi amiga Maria Isabel, asistimos a un taller que la "providencia" me tenía preparado: un taller de Mariología.
Qué gran regalo del cielo. Cuan hermoso es Cristo que delicadamente nos da cuanto pedimos si conviene  para el bien de nuestra alma.
Resulta que hace años estoy metida en la meditación de los Santos, en el misterio de la santidad que no es más que el misterio del amor, porque el don de la santidad solamente viene a través del don de la caridad y luego con este vienen todos los demás dones.

Pues, asistí a este curso cual esponja, pedí la ayuda del Santo Espíritu de Dios en cada momento y ha sido tanto lo que aprendí...lo que entendí...lo que comprendí del plan de Dios en mi vida, que no puedo hacer otra cosa que agradecer tanta bondad.
"El que quiera ser santo, escuché, TIENE que empezar por conocer la vida de Maria, quien después de Jesus, es la  primera santa"...esas palabras me llegaron al corazón cual si un rayo entrara en un cuarto oscuro.
-"Tanto tiempo buscando Señora" y sabes que te amo desde chiquita, pero eres tan humilde y sencilla, que no llamas la atención. Simplemente actúas, simplemente haces y nos encaminas a Jesus.
Mi familia y yo estamos muy agradecidos de tu amor Madrecita, muy agradecidos; aunque a veces no te lo decimos tanto como deberíamos.
Tu papel en nuestras vidas ha sido vital. Fuiste tú la que dijiste a tu hijo (como lo hiciste en Canaán): "Se les está acabando el vino"....y luego Jesus hizo y hace cada día.                                                                          A nosotros nos dices...hagan lo que El les diga.
Paso los días perdida entre doctores, santos, beatos, encíclicas, enfermos, liturgia, estudios...y tu Madre, siempre allí, sin decir mucho, sin hacer ruido pero intercediendo por mí.
Admirada de tu belleza estoy, admirada de tu entrega, admirada de tu amor hacia mi familia, hacia los hombres, admirada Madre de tu amor a mi esposo, a mis hijas.
Este Pentecostés, quiero como los apóstoles, estar a tu lado cuando llegue y me renueve el Espíritu de Verdad. Te amo, Mamá!
Es mas fácil todo contigo. Si caigo y no me atrevo ir a Jesus, acudo a ti...y luego tu me llevas a El de nuevo.
Oh Madre querida, piadosa y dulce, bendita seas mil veces en los cielos y en la tierra. Bendito tu si, bendito tu vientre, benditas tus manos que cargaron a Jesus, que le vistieron, que le criaron.

Muchísimos Santos tienen un gran amor por ti, oro con San Bernardo esta oración:

"Si se levantan las tempestades de tus pasiones, mira a la Estrella, invoca a María.
Si la sensualidad de tus sentidos quiere hundir la barca de tu espíritu, levanta los ojos de la fe, mira a la Estrella, invoca a María.
Si el recuerdo de tus muchos pecados quiere lanzarte al abismo de la desesperación, lánzale una mirada a la Estrella del cielo y rézale a la Madre de Dios.
Siguiéndola, no te perderás en el camino. Invocándola no te desesperarás. Y guiado por Ella llegarás seguramente al Puerto Celestial".

Ora pro nobis deum, santa Madre de Dios.

Una hija muy amada de Dios,
Nathalie Romero de Grau


El Don del Santo Temor de Dios...EY!, que no se trata de tener miedo a Dios, sino miedo de perder a Dios

EL DON DE TEMOR DE DIOS

 “El amor nos hará apresurar los pasos, y el temor nos hará ir mirando adónde ponemos los pies para no caer” (Santa Teresa de Jesus)
El santo temor de Dios nos conducirá con suavidad a una prudente desconfianza de nosotros mismos, a huir con rapidez de las ocasiones de pecado; y nos inclinará a una mayor delicadeza con Dios y con todo lo que a Él se refiere. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude mediante este don a reconocer sinceramente nuestras faltas y a dolernos verdaderamente de ellas.

EL DON DE TEMOR DE DIOS
— El temor servil y el santo temor de Dios. Consecuencias de este don en el alma.
— El santo temor de Dios y el empeño por rechazar todo pecado.
— Relaciones de este don con las virtudes de la humildad y de la templanza. Delicadeza de alma y sentido del pecado.
I. Dice Santa Teresa que ante tantas tentaciones y pruebas que hemos de padecer, el Señor nos otorga dos remedios: “amor y temor”. “El amor nos hará apresurar los pasos, y el temor nos hará ir mirando adónde ponemos los pies para no caer”1.
Pero no todo temor es bueno. Existe el temor mundano2, propio de quienes temen sobre todo el mal físico o las desventajas sociales que pueden afectarles en esta vida. Huyen de las incomodidades de aquí abajo, mostrándose dispuestos a abandonar a Cristo y a su Iglesia en cuanto prevén que la fidelidad a la vida cristiana puede causarles alguna contrariedad. De ese temor se originan los “respetos humanos”, y es fuente de incontables capitulaciones y el origen de la misma infidelidad.
Es muy diferente el llamado temor servil, que aparta del pecado por miedo a las penas del infierno o por cualquier otro motivo interesado de orden sobrenatural. Es un temor bueno, pues para muchos que están alejados de Dios puede ser el primer paso hacia su conversión y el comienzo del amor3. No debe ser este el motivo principal del cristiano, pero en muchos casos será una gran defensa contra la tentación y los atractivos con que se reviste el mal.
El que teme no es perfecto en la caridad4 –nos dejó escrito el Apóstol San Juan–, porque el cristiano verdadero se mueve por amor y está hecho para amar. El santo temor de Dios, don del Espíritu Santo, es el que reposó, con los demás dones, en el Alma santísima de Cristo, el que llenó también a la Santísima Virgen; el que tuvieron las almas santas, el que permanece para siempre en el Cielo y lleva a los bienaventurados, junto a los ángeles, a dar una alabanza continua a la Santísima Trinidad. Santo Tomás enseña que este don es consecuencia del don de sabiduría y como su manifestación externa5.
Este temor filial, propio de hijos que se sienten amparados por su Padre, a quien no desean ofender, tiene dos efectos principales. El más importante, puesto que es el único que se dio en Cristo y en la Santísima Virgen, es un respeto inmenso por la majestad de Dios, un hondo sentido de lo sagrado y una complacencia sin límites en su bondad de Padre. En virtud de este don las almas santas han reconocido su nada delante de Dios. También nosotros podemos repetir con frecuencia, reconociendo nuestra nulidad, y quizá a modo de jaculatoria, aquello que con tanta frecuencia repetía San Josemaría Escrivá: no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no sé nada, no soy nada, ¡nada!6, a la vez que reconocía la grandeza inconmensurable de sentirse y de ser hijo de Dios.
Durante la vida terrena, se da otro efecto de este don: un gran horror al pecado y, si se tiene la desgracia de cometerlo, una vivísima contrición. Con la luz de la fe, esclarecida por los resplandores de los demás dones, el alma comprende algo de la trascendencia de Dios, de la distancia infinita y del abismo que abre el pecado entre el hombre y Dios.
El don de temor nos ilumina para entender que “en la raíz de los males morales que dividen y desgarran la sociedad está el pecado”7. Y el don de temor nos lleva a aborrecer también el pecado venial deliberado, a reaccionar con energía contra los primeros síntomas de la tibieza, la dejadez o el aburguesamiento. En determinadas ocasiones de nuestra vida quizá nos veamos necesitados de repetir con energía, como una oración urgente: “¡No quiero tibieza!: “confige timore tuo carnes meas!” —¡dame, Dios mío, un temor filial, que me haga reaccionar!”8.
II. Amor y temor. Con este bagaje hemos de hacer el camino. “Cuando el amor llega a eliminar del todo el temor, el mismo temor se transforma en amor”9. Es el temor del hijo que ama a su Padre con todo su ser y que no quiere separarse de Él por nada del mundo. Entonces, el alma comprende mejor la distancia infinita que la separa de Dios, y a la vez su condición de hijo. Nunca como hasta ese momento ha tratado a Dios con más confianza, nunca tampoco le ha tratado con más respeto y veneración. Cuando se pierde el temor santo de Dios, se diluye o se pierde el sentido del pecado y entra con facilidad la tibieza en las almas. Se pierde el sentido del poder, de la Majestad de Dios y del honor que se le debe.
Nuestro acercamiento al mundo sobrenatural no lo podemos llevar a cabo intentando inútilmente eliminar la trascendencia de Dios, sino a través de esa divinización que produce la gracia en nosotros, mediante la humildad y el amor, que se expresa en la lucha por desterrar todo pecado de nuestra vida.
“El primer requisito para desterrar ese mal (...), es procurar conducirse con la disposición clara, habitual y actual, de aversión al pecado. Reciamente, con sinceridad, hemos de sentir –en el corazón y en la cabeza– horror al pecado grave. Y también ha de ser nuestra actitud, hondamente arraigada, de abominar del pecado venial deliberado, de esas claudicaciones que no nos privan de la gracia divina, pero debilitan los cauces por los que nos llega”10. Muchos parecen hoy haber perdido el santo temor de Dios. Olvidan quién es Dios y quiénes somos nosotros, olvidan la Justicia divina y así se animan a seguir adelante en sus desvaríos11. La meditación del fin último, de los Novísimos, de aquella realidad que veremos dentro quizá de no mucho tiempo: el encuentro definitivo con Dios, nos dispone para que el Espíritu Santo nos conceda con más amplitud ese don que tan cerca está del amor.
III. De muchas formas nos dice el Señor que a nada debemos tener miedo, excepto al pecado, que nos quita la amistad con Dios. Ante cualquier dificultad, ante el ambiente, ante un futuro incierto... no debemos temer, debemos ser fuertes y valerosos, como corresponde a hijos de Dios. Un cristiano no puede vivir atemorizado, pero sí debe llevar en el corazón un santo temor de Dios, al que por otra parte ama con locura.
A lo largo del Evangelio, “Cristo repite varias veces: No tengáis miedo... no temáis. Y a la vez, junto a estas llamadas a la fortaleza, resuena la exhortación: Temed, temed más bien al que puede enviar el cuerpo y el alma al infierno (Mt 10, 28). Somos llamados a la fortaleza y, a la vez, al temor de Dios, y este debe ser temor de amor, temor filial. Y solamente cuando este temor penetre en nuestros corazones, podremos ser realmente fuertes con la fortaleza de los Apóstoles, de los mártires, de los confesores”12.
Entre los efectos principales que causa en el alma el temor de Dios está el desprendimiento de las cosas creadas y una actitud interior de vigilia para evitar las menores ocasiones de pecado. Deja en el alma una particular sensibilidad para detectar todo aquello que puede contristar al Espíritu Santo13.
El don de temor se halla en la raíz de la humildad, en cuanto da al alma la conciencia de su fragilidad y la necesidad de tener la voluntad en fiel y amorosa sumisión a la infinita Majestad de Dios, situándonos siempre en nuestro lugar, sin querer ocupar el lugar de Dios, sin recibir honores que son para la gloria de Dios. Una de las manifestaciones de la soberbia es el desconocimiento del temor de Dios.
Junto a la humildad, tiene el don de temor de Dios una singular afinidad con la virtud de la templanza, que lleva a usar con moderación de las cosas humanas subordinándolas al fin sobrenatural. La raíz más frecuente del pecado se encuentra precisamente en la búsqueda desordenada de los placeres sensibles o de las cosas materiales, y ahí actúa este don, purificando el corazón y conservándolo entero para Dios.
El don de temor es por excelencia el de la lucha contra el pecado. Todos los demás dones le ayudan en esta misión particular: las luces de los dones de entendimiento y de sabiduría le descubren la grandeza de Dios y la verdadera significación del pecado; las directrices prácticas del don de consejo le mantienen en la admiración de Dios; el don de fortaleza le sostiene en una lucha sin desfallecimientos contra el mal14.
Este don, que fue infundido con los demás en el Bautismo, aumenta en la medida en que somos fieles a las gracias que nos otorga el Espíritu Santo; y de modo específico, cuando consideramos la grandeza y majestad de Dios, cuando hacemos con profundidad el examen de conciencia, descubriendo y dando la importancia que tiene a nuestras faltas y pecados. El santo temor de Dios nos llevará con facilidad a la contrición, al arrepentimiento por amor filial: “amor y temor de Dios. Son dos castillos fuertes, desde donde se da guerra al mundo y a los demonios”15.
El santo temor de Dios nos conducirá con suavidad a una prudente desconfianza de nosotros mismos, a huir con rapidez de las ocasiones de pecado; y nos inclinará a una mayor delicadeza con Dios y con todo lo que a Él se refiere. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude mediante este don a reconocer sinceramente nuestras faltas y a dolernos verdaderamente de ellas. Que nos haga reaccionar como el salmista: ríos de lágrimas derramaron mis ojos, porque no observaron tu ley16. Pidámosle que, con delicadeza de alma, tengamos muy a flor de piel el sentido del pecado.
1 Santa Teresa, Camino de perfección, 40, 1. — 2 Cfr. M. M. Philipon, Los dones del Espíritu Santo, Palabra, Madrid 1983, p. 325. — 3 Eclo 25, 16. — 4 Jn 4, 18. — 5 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 45, a. 1, ad 3. — 6 Citado por A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1933, p. 383. — 7 Juan Pablo II, Carta de presentación del “Instrumentum laboris” para el VI Sínodo de Obispos, 25-I-1983. — 8 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 326. — 9 San Gregorio de Nisa, Homilía 15. — 10San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 243. — 11 Cfr. ídem, Camino, n. 747. — 12 Juan Pablo II, Discurso a los nuevos cardenales, 30-VI-1979. — 13 Ef 4, 30. — 14 Cfr. M. M. Philipon, o. c., p. 332. — 15 Santa Teresa, o. c., 40, 2. — 16 Sal 118, 136.

lunes, 13 de mayo de 2013

El gran desconocido: el Espíritu Santo / Segun el Papa Francisco


El gran desconocido: el Espíritu Santo

Es el Espíritu Santo el que le permite al cristiano tener "memoria" de la historia y de los dones recibidos de Dios. Sin esta gracia, se está en peligro de caer en la idolatría. Estas fueron las ideas principales de la homilía del papa Francisco en la misa celebrada hoy en la Casa Santa Marta, según informa Radio Vaticana.

La celebración contó con la participación de los empleados de la Dirección técnica, administrativa y general de Radio Vaticano y del Consejo Pontificio para la Pastoral de los Migrantes, encabezada por los superiores de la Congregación, el cardenal Antonio María Vegliò, presidente; así como de monseñor Joseph Kalathiparambil y el padre Gabriel Bentoglio, secretario y subsecretario respectivamente, quienes concelebraron con el papa.
El gran desconocido
La respuesta que san Pablo recibe de un grupo de discípulos en Efeso, narrada en Hechos de los Apóstoles, es sorprendente: "Ni siquiera hemos oído decir que exista un Espíritu Santo".
El papa Francisco observa así con realismo, que la falta de conciencia que manifiestan los cristianos hace dos mil años no es solo "algo de los primeros tiempos", sino que el Espíritu Santo “es siempre como el desconocido de nuestra fe".
«Hoy en día, muchos cristianos no saben quién es el Espíritu Santo, qué es el Espíritu Santo. Y a veces se oye: "Pero yo me organizo bien con el Padre y con el Hijo, porque rezo el Padre Nuestro al Padre, estoy en comunión con el Hijo, pero con el Espíritu Santo, no sé qué hacer...". O te dicen: "El Espíritu Santo es la paloma, la que nos da siete dones”. Pero así el pobre Espíritu Santo está siempre al final y no encuentra un buen lugar en nuestra vida».
Dios de la memoria
Sin embargo, dijo el Francisco, el Espíritu Santo es un "Dios activo en nosotros", un "Dios que hace recordar" que "despierta la memoria". Jesús mismo lo explica a los apóstoles antes de Pentecostés: el Espíritu que Dios les enviará en mi nombre, asegura, "les recordará todo lo que yo les he dicho". Lo contrario para un cristiano, crearía una pendiente resbaladiza:
«Un cristiano sin memoria no es un verdadero cristiano: es un hombre o una mujer prisionera de la coyuntura, del momento; no tiene historia. La tiene, pero no sabe cómo asumir la historia. Es justamente el Espíritu que le enseña cómo asumir la historia. La memoria de la historia... Cuando en la Carta a los Hebreos, el autor dice: "Acuérdense de sus padres en la fe" –memoria; “recuerden los primeros días de su fe, cómo fueron valientes"-memoria. Memoria de nuestra vida, de nuestra historia, memoria del momento que hemos tenido el privilegio de conocer a Jesús; memoria de todo lo que Jesús nos ha dicho».
"Esa memoria que viene del corazón, es una gracia del Espíritu Santo", afirmó el papa Francisco. Y tener memoria, precisa, también significa recordar las propias miserias, que nos vuelven esclavos, y junto a ello la gracia de Dios que redime de aquellas miserias: «Y cuando llega un poco la vanidad, y uno cree que es un poco el Premio Nobel de la Santidad, también la memoria nos hace bien: 'Pero... recuerda de dónde te tomé: del último de la grey. Tu estabas detrás, en la grey'. La memoria es una gracia grande, y cuando un cristiano no tiene memoria --es difícil decir esto, pero es la verdad--, no es cristiano, es un idólatra.
Porque está frente a un Dios que no tiene un camino, no sabe hacer camino, y nuestro Dios camina con nosotros, se mezcla con nosotros, camina con nosotros. Nos salva. Hace historia con nosotros. Memoria del todo, y la vida se vuelve más fructífera, con esta gracia de la memoria».
El santo padre concluyó con una invitación a los cristianos a pedir la gracia de la memoria, para ser personas que nunca olviden el camino cumplido, que “no olvidan las gracias de sus vidas, no se olvidan del perdón de los pecados, no olvidan que eran esclavos y que el Señor los salvó".
Traducido del italiano por José Antonio Varela V.

Nuestra Señora de Fátima (13 de mayo) / Les comparto del Padre Eduardo Sanz


 
https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=hW9bZBO-BTY


El 13 de Mayo de 1917, tres niños llamados Lucía de Jesús, Francisco y Jacinta, cuidaban un pequeño rebaño en Cova da Iría, parroquia de Fátima. A mediodía, después de haber rezado el rosario, vieron una “Señora más brillante que el sol” encima de una encina.

La Señora les dijo que es necesario rezar mucho y los invitó a volver a Cova da Iría los días 13 de los próximos 5 meses a la misma hora. Los niños así lo hicieron y en los días 13 de Junio, Julio, Septiembre y Octubre la Señora se volvió a aparecer. El 13 de agosto el alcalde no dejó a los niños acercarse al lugar, por lo que la Virgen se apareció el 19 de Agosto a unos 500 metros de allí.

En la última aparición del 13 de Octubre la Virgen les dijo que era la “Señora del Rosario” y que hicieran allí una Capilla en su honor. Las 70.000 personas presentes en el lugar observaron un gran signo: el sol giraba sobre sí mismo como si fuese una rueda de fuego, que fuera a precipitarse sobre la tierra. Muchos lo pudieron ver también en otros sitios

Francisco Marto murió en 1919, a los 10 años. Jacinta Marco murió en 1920, a los 10 años. Lucía de Jesús se hizo carmelita descalza y murió en 2005, pocos días antes de cumplir 98 años. Los tres están sepultados en la basílica de Fátima.

Para conocer mejor la historia de las apariciones y su mensaje, se puede consultar la página del santuario.

martes, 7 de mayo de 2013

La Ascensión del Señor


Un escrito de un amigo, Padre Eduardo Sanz, carmelita descalzo, quien reside en Roma y al que aprecio mucho. Les comparto:

Las fiestas pascuales se acercan a su cumplimiento. El domingo próximo, si Dios quiere, celebraremos la Ascensión del Señor y el siguiente, Pentecostés.

En el Antiguo Testamento, “ascensión”, “elevación” y “glorificación” son tres palabras sinónimas para indicar la entronización de un rey, la toma de posesión de su reino. Eso es lo que celebramos en la Ascensión de Jesús: el triunfo definitivo del Señor resucitado sobre el pecado y sobre la muerte, el cumplimiento de su misión salvadora, la manifestación de su gloria, su entronización “a la derecha del Padre”.

La “ascensión” de Jesús se comienza a realizar en el momento de su crucifixión, tal como Jesús indicó en varias ocasiones: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre para que todo el que cree en Él tenga vida eterna” (Jn 3,14-15); “Cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,23). Por eso, al hablar de su pasión, los evangelios dicen: “Estando para cumplirse los días de su ascensión, Jesús se dirigió resueltamente a Jerusalén” (Lc 9,51).

La Pascua de Jesús es su pasión, muerte y glorificación. La “hora” de Jesús, su “elevación” para salvar a los hombres atrayéndolos hacia sí comenzó en la cruz, continuó en la resurrección y llegó a plenitud en la Ascensión y en el envío del Espíritu Santo sobre los creyentes. Estos acontecimientos son las distintas etapas de un único proceso. El que “se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo y se abajó hasta la muerte de cruz, ha sido exaltado sobre todo” (cf. Fil 2,6ss).

 “Antes de las fiestas de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre…” (Jn 13,1). Como sabemos, la palabra Pascua significa “paso”. Cristo ha dado un único paso de la cruz a la gloria, pero nosotros necesitamos de días y de años para comprender algo de este misterio, por eso en nuestras celebraciones cada vez ponemos la mirada en un solo aspecto de este proceso.

La Ascensión de Jesús supone la apertura del cielo para los creyentes, la salvación de los que confían en Él. Por eso, en el momento de su muerte, Jesús puede prometer al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). Nosotros confiamos en poder estar un día con Cristo en el Paraíso. Mientras tanto, procuremos ser testigos de su resurrección en el mundo.

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P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.

martes, 30 de abril de 2013

El Espíritu nos cambia

Este articulome parece tan bueno, que no puedo dejar de compartirlo.

El Espíritu nos cambia

Homilía del Santo Padre en la Misa con el rito de la Confirmación a cuarenta y cuatro fieles de todo el mundo en representación de toda la Iglesia en los cinco continentes. 28 abril 2013
Autor: S.S. Francisco | Fuente: radiovaticana.va

Queridos hermanos y hermanas, queridos hermanos que van a recibir el sacramento de la confirmación:

Quisiera proponerles tres simples y breves pensamientos sobre los que reflexionar:


1. La novedad de Dios

En la segunda lectura hemos escuchado la hermosa visión de san Juan: un cielo nuevo y una tierra nueva y después la Ciudad Santa que desciende de Dios. Todo es nuevo, transformado en bien, en belleza, en verdad; no hay ya lamento, luto... Ésta es la acción del Espíritu Santo: nos a trae la novedad de Dios; viene a nosotros y hace nuevas todas las cosas, nos cambia. El Espíritu nos cambia. Y la visión de san Juan nos recuerda que estamos todos en camino hacia la Jerusalén del cielo, la novedad definitiva para nosotros, y para toda la realidad, el día feliz en el que podremos ver el rostro del Señor, ese rostro maravilloso del Señor Jesús, podremos estar con Él para siempre, en su amor.

Ven, la novedad de Dios no se asemeja a las novedades mundanas, que son provisorias, pasan y siempre se busca algo más. La novedad que Dios ofrece a nuestra vida es definitiva, y no sólo en el futuro, cuando estaremos con Él, sino también hoy: Dios está haciendo todo nuevo, el Espíritu Santo nos transforma verdaderamente y quiere transformar, contando con nosotros, el mundo en que vivimos. Abrámosle la puerta, dejemos que Él nos guíe, dejemos que la acción continua de Dios nos haga hombres y mujeres nuevos, animados por el amor de Dios, que el Espíritu Santo nos da. Qué hermoso si cada uno de ustedes noche, pudiera decir: hoy en la escuela, en casa, en el trabajo, guiado por Dios, he realizado un gesto de amor hacia un compañero, mis padres, un anciano. ¡Qué bello!


2. Las tribulaciones en la vida

Un segundo pensamiento: en la primera lectura Pablo y Bernabé afirman que "hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios" (Hch 14, 22). El camino de la Iglesia, también nuestro camino cristiano personal, no son siempre fáciles, encontramos dificultades, tribulaciones. Seguir al Señor, dejar que su Espíritu transforme nuestras zonas de sombra, nuestros comportamientos que no son según Dios, y lave nuestros pecados, es un camino que encuentra muchos obstáculos, fuera de nosotros, en el mundo en el que vivimos, y también dentro de nosotros, en el corazón, que frecuentemente no nos comprende, y también dentro de nosotros, en nuestro corazón. Pero las dificultades, las tribulaciones, forman parte del camino para llegar a la gloria de Dios, como para Jesús, que ha sido glorificado en la Cruz; las encontraremos siempre en la vida. No nos desanimemos: tenemos la fuerza del Espíritu para vencer nuestras tribulaciones.


3. La firmeza en el Señor

Y así llego al último punto. Es una invitación que dirijo a ustedes, los que se van a confirmar y a todos: permanezcan estables en el camino de la fe con una firme esperanza en el Señor. Aquí está el secreto de nuestro camino. Él nos da el valor para caminar contra corriente. Escuchen bien jóvenes: ir contra corriente. Esto hace bien al corazón, pero hace falta valor para ir contra corriente. Y Él nos da esta fuerza. No hay dificultades, tribulaciones, incomprensiones que nos hagan temer si permanecemos unidos a Dios como los sarmientos están unidos a la vid, si no perdemos la amistad con Él, si le hacemos cada vez más espacio en nuestra vida. Esto también y sobre todo si nos sentimos pobres, débiles, pecadores, porque Dios da fuerza a nuestra debilidad, riqueza a nuestra pobreza, conversión y perdón a nuestro pecado. Es tan misericordioso el Señor que siempre si vamos a Él nos perdona. Confiemos en la acción de Dios. Con Él podemos hacer cosas grandes y nos hará sentir el gozo de ser sus discípulos, sus testigos. ¡Apuesten por los grandes ideales, por las cosas grandes, nosotros los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para las cosas pequeñas, vayan siempre más allá, hacia las cosas grandes, jóvenes, juéguense la vida por grandes ideales!

Novedad de Dios, tribulaciones en la vida, firmes en el Señor. Queridos amigos, abramos de par en par la puerta de nuestra vida a la novedad de Dios que nos concede el Espíritu Santo, para que nos transforme, nos fortalezca en las tribulaciones, refuerce nuestra unión con el Señor, nuestro permanecer firmes en Él: ésta es una verdadera alegría. Así sea.

(María Fernanda Bernasconi - RV)

martes, 16 de abril de 2013

Amén.com


Hace un par de días, llegue a un lugar donde iba a imprimir algo y me tope con un anciano, menudo,  de algunos 90 anos, simpático, caballero y conversador. Con el pelo blanco, una camisa de cuadros y unas revistas debajo del brazo. Era extranjero, español, por su acento.
Al salir del negocio me despedí diciéndole, que Dios lo bendiga a lo que él respondió de inmediato :

–Amen,…..espera, me dijo, ahora no se dice amen (yo volteé curiosa la cabeza),…
 ahora se dice:

“-Amen.com” y nos echamos a reír…..es cierto pensé y me he quedado pensando en aquella frase, de un hombre con casi un siglo de edad.
Amen, ese amen que repetimos tanto. Ese amen que quiere decir “que así sea”  es el mismo amen ayer y hoy.

Amén .com