lunes, 16 de septiembre de 2013

“No tenemos que ir hasta el Gólgota para llevar la Cruz “


“Amor que persevera en cruz, amor perfecto”.

“Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, vida y resurrección; él nos ha salvado y liberado”, dice San Pablo.

A propósito de la fiesta de la “Exaltación de la Santa Cruz”, en la celebración litúrgica escuchando a Monseñor Bretón me han llegado estas frases muy profundo: “No tenemos que ir hasta el Gólgota para llevar la Cruz “ y  “que la cruz se lleva por dentro”, con dignidad y con gracia.

Cuan grande, pienso, Jesús mio, era la carga que llevabas por dentro, aun y cuando tenias  desgarrada toda la piel por fuera. Cuán grande Señor tu pena, por tanto mal, tanto pecado, tanta blasfemia, tanta…falta de amor. ¿Cuánto más pesada he puesto yo Señor tu carga?

Verdaderamente no hay cristianismo sin Cruz. No hay resurrección sin muerte. ¿Casualidad que Cristo pasara por ella?, te miro en ese madero Maestro y me respondo, “no, no es casualidad”.

Decía el Santo Cura de Ars que de la Cruz destila verdaderamente amor y yo le creo. Porque de la cruz sale la misma Sangre de Jesús  que es amor puro y cuando podemos ver nuestras pequeñitas cruces como “astillas” de la Cruz de Cristo, encontramos sentido y fecundidad al sufrimiento que nos pueda causar. Y me voy mas lejos, nos abrazamos a la cruz, no porque seamos masoquistas sino porque es un instrumento de redención. ¿O es que acaso el alumno puede ser mas que su maestro?, ¿es que acaso Cristo pasó por allí y yo estoy exenta de ella?
¿Se imaginan a San Pedro, a San Pablo y a muchos discípulos del Maestro sin cruz?...también pasaron por ella, como pasa el oro por el fuego.


Decimos en el vía crucis: “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu santa cruz redimiste al mundo” y decimos tantas veces para nosotros
“Señor, pero que no me toque a mi…Señor pero que no pase yo por tu camino, Señor pero quiero mirarla de lejos, quiero llevarla en el pecho, quiero ponerla de adorno en mi casa…pero no quiero nunca conocerla”…¡ah necedad del alma!, si tan solo viéramos las innumerables gracias que nos regala El Padre, cada vez que por amor ofrecemos las cosas que no comprendemos y cada vez que igual que San Pablo decimos, “tengo que completar en mi carne lo que le falta a la pasión de Cristo”…¡oh amor tan grande!, no es que le falte nada a tu pasión  es perfecta, sin embargo, si quiero hacerme uno con Cristo acaso no debo experimentar en mi carne “algo” de su cruz. Solo así podremos dar sentido a la frase del Maestro “No me quitan la vida, soy yo quien la doy”… ¡Alma mía,  alma mía  no te aflijas cuando pases por alguna crucecita!, alégrate mas bien y canta de júbilo porque al creador le ha parecido bien, darte tan deleitoso manjar.

Jesús en su conversación con Nicodemo, expresa: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él.  Desde entonces, el camino de la santidad pasa por la Cruz, y cobra sentido algo tan falto de él como es la enfermedad, el dolor, la pobreza, el fracaso..., la mortificación voluntaria. Es más, Dios bendice con la Cruz cuando quiere otorgar grandes bienes a un hijo suyo, al que trata entonces con particular predilección.

Dice una letra de una canción que me gusta mucho:

“No es en las palabras ni es en las promesas 
Donde la historia tiene su motor secreto 
Solo es el amor en la cruz madurado 
El amor que mueve todo el universo“

Y verdaderamente es en el amor madurado, amor que persevera  en cruz, donde nace la vida y la paz. Tenemos “pequeños Getsemanies”… y pido al Señor poder mantenerme despierta y atenta en ellos.
Ay Maestro!, como seras de gentil, que sabiendo que todos se iban a dormir, tu te quedaste despierto por mi…¡Oh bondad infinita!, enseñame a mantenerme en pie, sea claro u oscuro, tenga frío o calor, este triste o alegre.

Enseñame a decir como Teresa:

“Vénganle desamparos,
cruces, desgracias;
siendo Dios su tesoro,
Nada le falta”.


La Cruz enseña un Padre de la Iglesia “es el escudo y el trofeo contra el demonio. Es el sello para que no nos alcance el ángel exterminador, como dice la Escritura. Es el instrumento para levantar a los que yacen, el apoyo de los que se mantienen en pie, la meta de los que avanzan, la salud del alma y del cuerpo, la que ahuyenta todos los males, la que acoge todos los bienes, la muerte del pecado, la planta de la resurrección, el árbol de la vida eterna” (San Juan Damasceno). El Señor ha puesto la salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la Vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido.

Quiero Padre Santo, decirte siempre “si” a pesar de mis miedos, a pesar de mi pequeñez  a pesar de mis inseguridades. Quiero hoy, cantarte en la noche de mi vida:

"Quiero hundir más hondo mi raíz en ti
Y cimentar en solidez, este mi afecto
Pues mi corazón que es inquieto y es frágil
Solo acierta si se abraza a tu proyecto.

Mas allá, de mis miedos, mas allá de mi inseguridad,
Quiero darte mi respuesta
Aquí estoy para hacer tu voluntad
Para que mi amor sea decirte si, hasta el final."

“La Cruz se presenta en nuestra vida de muy diferentes maneras: enfermedad, pobreza, cansancio, dolor, desprecio, soledad... podemos revisar internamente  nuestra disposición habitual ante esa Cruz que se muestra a veces difícil y dura, pero que, si la llevamos con amor, se convierte en fuente de purificación y de Vida, y también de alegría. Y yo te pregunto hoy: ¿Nos quejamos con frecuencia ante las contrariedades? ¿Damos gracias a Dios también por el fracaso, el dolor y la contradicción? ¿Nos acercan a Dios estas realidades, o nos separan de Él?
Veremos, igual que han hecho los santos, como un estímulo, un obstáculo que es preciso saltar en esta carrera que es la vida. Y lo haremos con alegría. Este espíritu alegre y optimista, incluso en los momentos difíciles, no es fruto del temperamento ni de la edad: nace de una profunda vida interior, de la conciencia siempre presente de nuestra filiación divina. Esta disposición serena, optimista, creará en toda circunstancia un buen ambiente a nuestro alrededor en la familia, en el trabajo, con los amigos... y será un gran medio para acercar a otros al Señor. (Meditación Catholic.net)

Hermano, hermana. Nuestra vida debe ser conformada cada día mas parecida a la de Cristo Jesús: a la altura del hombre perfecto. Las cruces y batallas en el camino, nos ayudan a crecer espiritualmente. Todas y cada una de ellas llevan consigo la esperanza y alegría de la resurrección;  Porque la Cruz no es en si misma un fin, sino un paso. Un paso purificador y lleno de Gracias. Un paso a la alegría resucitada.
No te aflijas, mas bien abrázala con gran amor, porque mientras más grande es la cruz, más bendiciones Dios tiene para ti.

Antes de terminar no quiero dejar de mostrarte un poema hermoso que hemos cantado en el coro: En la cruz está la vida.
Santa Teresa decía de la Cruz que ella sola es el camino para el cielo. Te dejo este precioso poema de un alma enamorada igual que tu, de Cristo Jesús.

En la cruz está la vida
y el consuelo,
y ella sola es el camino
para el cielo.

En la cruz está "el Señor
de cielo y tierra",
y el gozar de mucha paz,
aunque haya guerra.
Todos los males destierra
en este suelo,
y ella sola es el camino
para el cielo.

De la cruz dice la Esposa
a su Querido
que es una "palma preciosa"
donde ha subido,
y su fruto le ha sabido
a Dios del cielo,
y ella sola es el camino
para el cielo.

Es una "oliva preciosa"
la santa cruz
que con su aceite nos unta
y nos da luz.
Alma mía, toma la cruz
con gran consuelo,
que ella sola es el camino
para el cielo.

Es la cruz el "árbol verde
y deseado"
de la Esposa, que a su sombra
se ha sentado
para gozar de su Amado,
el Rey del cielo,
y ella sola es el camino
para el cielo.

El alma que a Dios está
toda rendida,
y muy de veras del mundo
desasida,
la cruz le es "árbol de vida"
y de consuelo,
y un camino deleitoso
para el cielo.

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